Cha cha cha

Cuatro semanas currando a tope, en buenas condiciones, con una compañera dispuesta a seguirte hasta el fin. Así da gusto. Son ya veintitantas piezas desde que empecé a hacer mis cosas allá por el año 2004, pequeños mundos cerrados con sus propias reglas, hijos llenos de defectos. Deformes. Pero los quieres a todos (a todos por igual dicen, pero eso es mentira, siempre hay hijos favoritos.) Algunos mueren nada más nacer, otros siguen aún coleando… y ahí está Bach, siempre Bach, el infinito Bach. El gran padre de todo. El muy hijo de puta me viola las sienes con su música y me fecunda con su esperma matemático… y luego yo doy a luz a estas criaturas inefables y muero en cada parto. De risa, de pena, de ganas, pero muero.

Las sonatas y partitas para violin solo de J. S. Bach me han acompañado siempre. A veces las escucho sin parar. Son un sol. Escucharlas es como mirar directamente al sol. Son pura luz, pero una luz que te ciega y te aboca a la oscuridad más absoluta. A una ceguera que te revela el sentido último de las cosas. Y ahí aparece la gran Chaconna: su oscuridad lo ilumina todo, revela en negativo el perfil invisible de lo innombrable, y te presenta lo absoluto como algo cotidiano y asequible. Esa música lo deja todo en silencio. Y eso es inasumible, especialmente en mi estado. Aunque ya me encuentro mejor, y el trabajar mea yuda (en vez de mea culpa).

Gracias Berlin! Gracias Corona! Gracias Celia! Gracias Bach!