Las partitas y sonatas de J. S. Bach para violin

Siempre he adorado esta música brutal. En diferentes épocas de mi vida me he sumergido en este universo sonoro para buscar calma o reafirmar y apuntalar mi sensación de desarraigo y soledad. Vaya hostias me he llevado. Buscadas y merecidas.

Hace tres semanas empecé a dirigir una pieza para una violinista maravillosa, y ahora esta música se ha convertido en una amenaza deseada, diaria, autoimpuesta, como una espada maravillosa y enorme que pende de un hilo sobre mi cabeza y cuyo contoneo empiezo a percibir como un dulce ritmo que mece y acurruca mis ansiedades y mis miedos.

Es una música jodida de escuchar, ese violín de los cojones, tan solito y tan encantador, te acaba por trepanar el cerebro y el corazón y los cojones. Y es que acojona. Escuchas una y otra vez estas piezas y acabas acojonado. Dan ganas de poner luego a Beyoncé o yo qué sé. Pero en vez de eso pones de nuevo una y otra vez las putas partitas y sonatas. Un día tras otro (una noche tras otra). Y acabas por no aceptar otra opción. Y llegas a la Chaconna, esa pieza brutal e infinita que corona la Partita número dos. Y entonces decides que de eso va a ir la pieza. De la Chaconna. La música más enorme y agotadora jamás escrita para un solo instrumento. A cathedral of sorrow and joy. Algo así he escrito en el progama de mano. Me lo tengo que currar más.

Celia tenía una subvención y quería que un compositor le escribiera una pieza para violín, pero nos encontramos y en vez de eso decidió que yo le crease una pieza. Olé Celia! Así que ahí estamos, jungandonosla y jugando con esa música. Siempre Bach. Como me decía Alain Plateil, motherfucking Bach, siempre modtherfucking Bach. A mi edad ya no creo que sea capaz de hacer otra cosa.

Ahí va esta versión MARAVILLOSA de Chris Thile para mandolina de una de las sonatas para violín, no os perdáis el último movimiento allá por el minuto 13. Qué música tan necesaria joder. Esta debería ser la vacuna que curara tanta gilipollez