De todas las mentiras

que aprendí o me dijeron de pequeño (…que dios y los ángeles existen, que no existen los monstruos, que los reyes magos y ratoncito Perez traen los regalos, que el amor es para siempre y que tus padres se aman, que tu padre no se la pega a tu madre, que si no estudias no llegas a nada, etc.) la me más me jodió y más profundamente me afectó fue la de que tus padres siempre te quieren.

Esa gran mentira ha hecho palidecer a todas las demás mentiras que han ido apareciendo o que me han ido contando en mi vida adulta.

Escuchamos continuamente de madres que abandonan a sus hijos, otros padres que los prostituyen, los hay que abusan sexualmente de ellos (no acaba de salir una encuesta en Francia que afirma que el 10% de los niños han sufrido abusos sexuales en familia?), los hay que los dejan morir de hambre y los hay que los asfixian o apuñalan. Por no hablar de los que los mantienen vivos bajo un régimen nazi de andar por casa.

Suponer que no hay un término medio a todo esto, o que un pequeño porcentaje de esos impulsos parricidas no están también presentes incluso en el más amoroso de los padres, es como volver a creer en las adas y los elfos y ratoncito Perez.

¿Cuántos millones de padres no piensan en matar a sus hijos sin llegar a hacerlo? ¿Cuántos millones más no fantasean, o planean o inconscientemente se sorprenden a sí mismos saboreando alguna de esas variantes u otras aún más siniestras y retorcidas?

Pero no, mis padres (y los demás padres de mis compañeros de clase, o de los personajes de las películas o la tele) siempre decían en los momentos turbios, que cómo no te iban a querer, que ellos eran tus padres, y que por lo tanto su amor estaba fuera de toda duda. Como si su amor fuera un Tesla con auto-pilot: el amor de un padre o de una madre nunca se sale de la carretera, ni supera el límite de velocidad, ni comete una infracción de tráfico.

Si uno no admite que a veces puede no querer a un ser querido (y está jodido de admitir porque la propia denominación de “ser querido” nos deja poco margen) entonces el amor de uno tiene el mismo valor que el pilotaje del conductor de un Tesla.

Sé que mis padres me quieren, pero me jode que no puedan admitir las veces que no me han querido. Menos mal que ya no soy pequeño y sé que los monstruos existen, y que no están precisamente debajo de la cama ni dentro de los armarios, sino que suelen estar allí mismo, sentados en la mesa o al borde de nuestra cama dándonos las buenas noches.

Últimamente he empezado a escuchar un montón de conferencias de Ramón Andrés, un tipo que escribe unos tochos disloca-hombros sobre música, él decía que le encantaba la música hasta el siglo diecisiete y luego la música de después de la segunda guerra mundial, pero que toda la música de en medio de esos periodos era una música asertiva, afirmativa … y que sin embargo (y ponía como ejemplo las piezas para órgano de Gyorgy Ligeti) la música de antes y de después de ese periodo plantea preguntas que no trata de responder, o directamente se ocupa del aspecto puramente sonoro, dejando al oyente totalmente libre (hay qué jodida es la libertad a veces!) sin guiarle ni dictarle cuando y qué debe de sentir.

Pues yo le pediría lo mismo al amor.