El teatro

Una mitad de lo que voy a decir es pura mentira, la otra mitad es pura verdad.

Esta aseveración, de hecho, ya está influenciada por sí misma…

Así pues; ¿cual mitad de lo dicho es pura mentira?

¿La primera mitad?

¿Ola segunda mitad?

Y entonces;

¿cual mitad de lo dicho es pura verdad?

En cualquier caso me cago en el teatro.

Actores y directores crean una mentira para que ésta sea “representada” como verdad a sentir, pretenden adoctrinarnos, enseñarnos, educarnos e incluso a veces divertirnos, pero lo hacen con trucos, con medias verdades, con mentiras y fingimientos… ya lo decía Fernando Pessoa, el poeta es un fingidor, pero de tanto fingir siente al final esa mentira más que si fuera la propia verdad. El actor no, el actor finge durante las 2 horas que dura una representación, pero luego a penas sabe de lo que estaba hablando. El poeta se suicida y el actor se hace famoso.

Imaginemos que el iluminador nos va a poner una luz “fingida”, una luz que parezca la luz del día. Lo hará con materiales reales… o imaginemos que el escenógrafo quiere hacernos sentir que estamos en un salón de juego en vez de un teatro… bueno, qué cojones, ellos también fingen. ¡Y lo hacen por la misma razón que los actores y los directores!. Para ganar dinero. Para pagar la hipoteca. Si no fingieran no podrían repetir lo mismo una y otra vez, y es en la repetición donde surge la posibilidad de la venta. Del envoltorio. De la reproducción, del suvenir. Y en la venta está la renta, el dinero. El teatro es un bazar puro y duro, donde se venden suvenires que pretenden ser artículos de primera necesidad. No jodas.

El espectador también participa de ese fingimiento, la mitad de la responsabilidad es vuestra, pero para colmo no dais la cara, os parapetáis bajo la protección que os brinda la oscuridad. Nocturnidad y alevosía. Al menos el actor da la cara. Se expone. Al menos sabemos a quién echar la culpa.

Cuando vosotros pagáis por ir al teatro, por ir a un lugar en el que sabéis de antemano que todo lo que va a ocurrir es mentira, estáis siendo tan cobardes como la pandilla de infames que venís a ver.

El espectador no tiene cojones para asistir a algo que pase de verdad. Es más, desea ser engañado. Como si estuviera pagando a una prostituta que le hace creer que está enamorada de él, que hace le hace realmente el amor. El espectador no tiene los cojones de tener una relación real con lo que ocurre en escena. No quiere ser conmovido de verdad ¡Bastante tiene ya con la vida misma! ¡Claro!

En el deporte ocurren cosas de verdad. Aunque allí están relacionadas solo con competitividad. Pero en el teatro no. Luego están los combates de boxeo, las corridas de toros. Allí también ocurren cosas de verdad, pero esa verdad está relacionada con la violencia, porque la verdad provoca violencia en el espectador, y éste a su vez reclama una violencia mas explícita para entumecer sus sentidos. También reclama que aquel que le está violentando con esa verdad ponga en riesgo su vida, su integridad física, para tener el permiso de violentarle. “Ok, de acuerdo, permito que me violentes… pero como precio debes poner en riesgo tu vida”. El espectador sí tolera violencia, pero verdad… no, la verdad es más violenta que la violencia misma.

Está bien, pongamos en riesgo nuestras vidas si hace falta. Pero juguemos limpio, pongamos en riesgo también vuestras vidas. ¿Hay cojones?

Lógicamente si yo me siento en una silla estoy haciendo algo de verdad… pero no estamos hablando de eso. En el teatro todo tiene que estar reconcentrado, la naturaleza de las cosas se nos presenta en forma de una “esencia destilada”. Joder, no nos vamos a quedar en escena a vivir. ¡Hay que resumir! Así parece que tan solo los extremos me valen para lo explicar a lo que me refiero. Solo nos vale el dolor, o el placer brutal, la vacanal. La miseria y el gozo y felicidad más profundos.

Y para colmo, cuando al fin se ponen otro tipo de temas sobre la mesa, y ocurren cosas de verdad que no están relacionadas con la competitividad o la violencia, resulta que estamos haciendo pornografía. El amor, cuando se pone en escena y no está edulcorado y es de verdad, es pornografía pura.

Así pues la pornografía nos puede salvar del teatro. La pornografía es nuestra única salvación… porque aunque los actores porno puedan fingir amor, no pueden fingir el placer de la eyaculación, no al menos los actores masculinos. Entonces solo la eyaculación masculina puede salvarnos de la falsedad, del fingimiento. De la mentira. Del teatro. La lefa violando las leyes de la gravedad es la única esperanza que le queda al teatro.

El cuerpo es real, y sus acciones nunca mienten, porque laten y siguen el pulso del corazón. De ese que bombea sangre. No del poético y romántico, sino de aquel al que se le pueden añadir unos cuantos bypass. Del músculo (al final todo es deporte).

Por eso Carlos (actor porno), va ha realizar la única acción que puede salvarnos del teatro: la corrida.

Aparece Carlos, se hace una paja y eyacula en los espectadores alcanzando hasta a los de la cuarta fila, poniendo perdidas sus mascarillas. Carlos nos salva del teatro.